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Respeten mi espacio vital, por favor!

 Hoy comencé el día muy cabreada:

Iba por la calle a las siete y cuarto, de un humor más bien tirando a pocho, por el sueño que llevaba encima unido a los 27 grados de temperatura de los que “disfrutábamos” en Vigo a esa hora en la que ni siquiera habían pasado las lecheras (se nota que es viernes ehhh?).

El caso es que pasando por una parada de autobús, un señor me pidió un pitillo; el fulano era mayor, debía tener cincuentaytantos, e iba vestido completamente normal (si me hubiese parecido que tenía pinta chunga habría aligerado el paso).

La cuestión es que me detuve para dárselo (no soy capaz de decir que no cuando me piden algo de buenas maneras, eso va a tener que cambiar). El señor me pidió fuego, y cuando saqué el mechero y me disponía a dárselo agarró mi mano entre las suyas con bastante fuerza mientras se me quedaba mirando a los ojos con expresión de baboso total.

Retiré la mano (no de muy buenas maneras) y me largué por patas. Estuve veinte minutos insultándome a mi misma por no haberle dicho alguna lindeza… pero es que me mosqueó tanto que podría haberle soltado algo escueto tipo “No me toque joder!!!” Me suele pasar que se me ocurren las posibles respuestas cuando ya he sido atropellada, pero en el momento no soy capaz de decir ni mú de la sorpresa y el desagrado.

El tema es que hay una cosa que me molesta SOBREMANERA de algunas personas. Y esa cosita es que la gente que no conozco de nada invada mi espacio vital. Me explico:

Existen diversos grados de aproximación a las personas: con alguien completamente desconocido solemos guardar una distancia física mayor que con alguien con quien tenemos cierta confianza. A medida que va aumentando el grado de amistad, la tendencia es la de ir acercándose un poco más de lo normal, y como muestras de colegueo o de cariño puedes tocar un brazo al hablar, dar una colleja cuando pasas detrás de alguien o poner una mano en el hombro. Pero eso cuando estás CON ALGUIEN QUE CONOCES leches!

Hay muchos clientes y clientas que, sin ninguna mala intención por su parte (eso que quede claro) para agradecerme que les haya atendido o conseguido un libro tienen la manía de acariciarme el brazo cuando se despiden, del modo “Venga graciñas, pago en caja no?” – Frotada de brazo-

(-Sí, sí, le cobran abajo, en caja, graciñas, a usted, hasta luego…) -Sonrisa fingida-

Vale: ME-MO-LES-TA! >.<

Hay clientes y clientas que, mientras les busco un libro en la base de datos, se ponen ellos enfrente del teclado, de manera que tengo que escribir casi con los brazos mirando a las tres y cuarto por no decirles que se aparten. ME-MO-LES-TA! >.< Déjenme trabajar holgadamente!

Y luego están los clientes y clientas que para mi son los peores: los que, al hablar, se te acercan a la cara a una distancia de más o menos un palmo. Eso es lo que peor llevo, de manera que suelo dar automáticamente un paso atrás mientras conversamos. Pero no hay tu tía, las personas que tienen esa molesta costumbre suelen dar un paso adelante, sin darse cuenta de que me estoy sintiendo invadida e incómoda con la conversación. Es aparte una posición que se me antoja agresiva, hablarle a alguien con el jeto tan pegado a su cara me resulta intimidatorio; me recuerda a las escenas de películas en las que ante una inminente pelea los tíos (suelen ser hombres) se encaran frente con frente y de muy malas pulgas antes de zoscarse.

Por todo esto grito, desde aquí y al universo que, por favor, RESPETEN MI ESPACIO VITAL! y se lo grito a todos esos desconocidos y desconocidas que tienen esa molestísima (para mi) manía.

No me servirá de nada, puesto que quien lea esto y me pueda conocer probablemente sea mi amigo y con ellos nunca he tenido esos problemas, pero en fin, he desahogado a gusto que es de lo que pretendía al comenzar este post.

Mi teclado echa ya humo, al señor CERDO de la parada del autobús que se la pique un pollo y todos contentos. Mirad su foto:

Un besito :***